viernes, 15 de enero de 2010

Colguijes


Tengo cinco nuevos collares, tres pulseras y un anillo de siete cascabeles que intentan remplazar las siete monedas que imploraban en su tintineo con San Antonio de cabeza, la llegada de un amor que nunca apareció o del que nunca quise darme cuenta; pero los cascabeles tintinean más y mejor, de suerte que después de tanto tiempo en silencio, ahora me siento realmente yo, sonando en todo momento. ¿Será esto el inicio del nuevo ciclo?, quizá las campanas tuvieran algo que ver, será quizá que los nuevos grilletes reconfortaron un poco mi espíritu, o tal vez, que la ilusión de apagar vientres velas en un pastel del que todos comerán un rebanada menos yo –hace tiempo que odio las cosas dulces- sea un aliciente que me hace ver las cosas más desenfadadamente.

Mi vida llena de paradojas, “que para amarrar… hay que soltar”, dice mecano en el altavoz, y no me queda la menor duda. Amarrarme a mi mismo, a este presente, soltado al pasado, por eso la ilusión por los collares, las pulseras y este anillo que ha venido a llenarme de una infinita dicha…. y me rio de mi mismo, que sencillo y absurdo, siete cascabeles sonando, una por cada día de la semana y adiós al espanto.

Porque si el autoanálisis no funciona, un pequeña charla con el terapeuta desconocido que al inicio desdeñe, vino a plantear una nueva posibilidad, pero es qué ¿no es acaso lo mismo que yo hago con aquello que vienen a mi?, por supuesto, susurra la vocecita de mi conciencia, y vuelvo a reír. Señales vienen y van, el cambio se aproxima, no sólo los colguijes, también las páginas, antiguas historias que pase por alto y que ahora cobran sentido, historias de páginas amarillentas, blanquecinas, destartalados libros que caen por casualidad en mis manos, a los que me sumerjo desmedidamente, traen respuestas, plantean preguntas, me animan a seguir descubriendo… ya no tengo miedo, estoy ilusionado, dejo de ser rescoldos y me convierto en llamarada….

Porque tengo cinco nuevos collares, tres pulseras y un anillo de siete cascabeles que intentan remplazar las siete monedas que imploraban en su tintineo con San Antonio de cabeza, la llegada de un amor que nunca apareció o del que nunca quise darme cuenta; pero los cascabeles tintinean más y mejor, de suerte que después de tanto tiempo en silencio, ahora me siento realmente yo, sonando en todo momento.



Ignatius complacido

jueves, 31 de diciembre de 2009

Aciago

El último día del año, yo aquí, frente a esta misma pantalla que me acompaño en el día a día, estas trescientas sesenta y cinco noches, de las cuales muchas se consumieron entre peroratas etílicas, noches interminables de insomnio y malos presentimientos que luego se volverían realidad, noticias desveladas y sueños yendo a peor una y otra vez. Este año al inicio se me presentaba con muchas oportunidades y cambios de los que no me sentía seguro de estar listo, pero listos nunca estamos, siempre hace falta un algo que nunca podemos definir, pero listo o no, los días pasaron hasta llegar el último de este ciclo en que la gran perra Fortuna se empeño en ir cuesta abajo, haciéndome saber que el desbarrancadero no tiene fondo.

Escribo de nuevo desde este mágico lugar, arena y mar interminable en el que me pierdo en su infinidad, que me atrapa, me arrastra y luego me devuelve a la más inimaginable de las emociones… es que siempre regreso aquí para ahogar a los demonios, renovar las fuerzas y continuar con la tragicomedia, pero incluso ahora lo siento diferente, será que yo mismo he cambiado, que nunca seré el mismo, es que el cambio fue profundo, de raíz, insospechado, sí, así ocurrió todo, de golpe, como balde de agua fría sin decir va, uno a uno los sucesos; y luego vino la muerte a instalarse indeterminadamente a mi vida, poniendo un definitivo punto final a una historia que hoy me parece un ensueño y con otro reservado en el tintero, en pausa, con la mano temblorosa sostiene la pluma mientras dudosa no sabe en que momento dejarlo caer.

Hoy muchas cosas me parecen lejanas, hay cosas que incluso soy incapaz de recordar, a veces aparece mi infancia inconexa sin sentido, yo colgado de un árbol, yo como en un película en medio del mar luchando por no morir, por no morir ahogado – ahora no se como luchar, ni siquiera se si hay que luchar – de nuevo yo, con un palo de escoba creyendo ser el héroe más poderoso del mundo, yo en medio de inocentes juegos, entre muñecos, risas, yo solitario, niño angelical de fácil sonrisa y con gracia resuelta que fácilmente conquistaba a los otros. Pero ahora no puedo decir nada más que mi nombre como referencia de mi mismo, como lo único que me queda, lo único que me pertenece y define. También lo recuerdo a él, en ocasiones cuando las noches son más largas y el miedo me asalta, le hablo, le pido, le reprocho, pero no es más que un soliloquio que resuena una y otra vez con un eco interminable para el cual no existen respuestas en medio de tantas incógnitas sin resolver. Pero no siempre tener las respuestas aligera la carga, a veces las razones son lo que más pesa, lo que más duele más un si se ha vivido una perfecta ilusión que termina por estallar porque nunca se puede vivir por siempre engañado, la verdad siempre aparece, salmeará inquieta la ufana prostituta que siempre cambia de opinión la muy indecisa.

Quizá hacer esta absurda introspección no sea más que el absurdo del absurdo mismo, escribir estas líneas no cambia en nada las cosas, es más si es que por casualidad alguien pasa la vista por ellas, no pasara de despertar un cierto dejo de irrisoria compasión, o tedio; a pesar de ello me resulta práctico, terapéutico inclusive… a veces no nos queda más que escribir, porque es hablar con uno mismo y al mismo tiempo es como ser escuchado por alguien más, quizá por la hoja en blanco, o por el puntero que nunca deja de parpadear en la pantalla, atento a qué es lo siguiente, qué le estamos por contar, atento siempre, como poniendo de su parte toda la comprensión de la que puede ser capaz, sin juzgarnos en ningún momento, pero sobretodo siempre en silencio, sin repuestas incomodas, en silencio que es en ocasiones la verdadera comprensión y la más sincera de la respuestas. ¿Acaso yo busco respuestas? ¿será que esta pantalla me devolverá inesperadamente un poco de lo perdido? o ¿dará una explicación sincera y sin pretensiones a lo sucedido? Lo cierto es que no, porque este intento fallido de introspección no busca respuestas, busca solo el sosiego, una suerte de exorcismo que cuando las doce campanadas vengan constaten al fin el adiós al tiempo aciago y den la bienvenida a la nueva aventura, la pueril ilusión que con el primer segundo, el primer minuto del renovado año, todo se tome un lugar diferente, uno definitivo en el mausoleo del olvido del olvido mismo, para seguir adelante y llegar así al verdadero entendimiento y una resignación necesaria de estos días que pronto serán pasado.

Esta trasmutación no es más que una alquimia ficticia que sólo es posible porque yo así lo deseo, porque así lo quiero creer, pues al final de todos lo tiempos el deseo y la convicción serán lo único que me queden, por ello me aferro a ello, esta cegadora creencia de que el ciclo de Fortuna ahora gire hacia arriba, ¡hacia arriba!, ¡que venga! ¡que venga! fueron las palabras del amigo que ahora cito, pues a pesar de todo sigo siendo:

Ignatius uno más que muerde el polvo.


miércoles, 9 de diciembre de 2009

Casí Final

La nostalgia ya empieza a invadir los corazones, la gente camina más aprisa para comprar lo necesario y a pesar de todos los infortunios una amplia sonrisa se dibuja en la mayoría de los rostros que me acompañan en las seis horas que gasto día con día para trasladarme del desasosiego de mi habitación al hospital donde durante cuatro horas me olvido un poco de mi, para preocuparme quizá un poco por esos pequeños ingenuos que se valen de la alquimia toxica para poder también olvidar. El ciclo esta por terminar y marcar de nueva cuenta su inicio, quizá una nueva oportunidad y ahora muy lejano se encuentra aquel ayer que ahora parece desvanecerse lentamente hasta llegar de nuevo a ese mismo punto que temo, el olvido, como ambivalencia inescrutable de la que no se rendir cuentas, pues aunque quiero olvidar el presente y todo lo que esta pasando, en ese intento se me van también los buenos recuerdos; parece que la calamidad puede más que la dicha y aunque en algún momento he llegado a ser pleno, de eso sólo ha quedado una vaga impresión, como la que queda al terminar de despertar sin saber lo que se ha soñado, pero con la seguridad de que ha sido un sueño verdaderamente placido, esperanzador, pero ahora sólo tengo dudas y temores que a pesar de todos mis esfuerzos por despejarlos a fuerza de explicaciones racionales – como siempre lo hago – ahora el artificio resulta imposible. Por eso desentono con el bullicio durante mi trayecto, ando como perdido, desencajado siempre, vagando en fatídicos pensamientos que no puedo detener y llega uno tras otro sin darme un momento de tregua, ni siquiera ahora frente a la pantalla con los dedos temblorosos de lo que se me pueda escapar por la indiscreción que pueda ser capaz.

Hacer recuento de daños y perdidas, sería inútil e improductivo, porque todo lo tengo más presente, más que nunca, todo lo que este ciclo macabro en el que desde el inicio lo cambios se veían venir, resultaron ser más radicales de lo que al inicio pude imaginar, pero lamentarme tampoco pondrá punto final a todo lo que halla que resolver, incluso ni la muerte podría venir ahora con aires reivindicadores, sería más bien la constatación de lo patético de este circo de idas y venidas, del estar y largarme en el que he estado viviendo durante los últimos doce meses a los que aun les falta poner el punto final, espero ya sin nuevas sorpresas que vengan a enunciar más acertijos de los que pueda resolver. Pero tampoco soy tan ingenuo como para negar esa desagradable posibilidad que latente puede llegar sin avisar, como todo lo ocurrido hasta el momento.

Pero he de confesar que a pesar de lo cansado que pueda estar, quisiera poder darme la oportunidad de disfrutar del convite de las ceremonias fingidas para despedir los despojos y resignarse a sus consecuencias, pues aunque los días mueran uno tras otro, siempre vuelven renovados, y si Fortuna giro hacia los abismos, puede que en el resurgimiento de su marcha imparable ahora pueda ir hacia arriba, de tal forma que las cosas puedan acomodarse e ir a mejor, no sin dejar el aire fantasmal que siempre tendrán a partir de ahora, por la re-significación aunque purifica, siempre deja el significado original flotando en la relación con los demás…

Así pues, mientras la alquimia se cuece, intentare el camuflaje con esos rostros sonrientes, apresurare algunas compras innecesarias, algunos grilletes más a la colección que ya perdido totalmente como estoy, collares y pulseras pueden ser faros que guíen la marcha hacia ese nuevo horizonte desconocido en el que tendré que nadar, con la soltura del pez ave, y la astucia de la serpiente zorro, que ahora, estará a prueba todo lo que soy.




Ignatius escribe basura

miércoles, 18 de noviembre de 2009

In memoriam

Debí de escribir antes, lo declaro así, con la lógica del deber, porque más que tratarse de una imposición, resulta ser un imperiosa necesidad de desahogo, una necesidad por decir todo esto, aunque seas ya incapaz de escucharlo en este mundo, porque de ese lugar al que fuiste, no puedo decir nada. Dramas, de eso se construyo nuestra historia, de interminables dramas que nunca tuvieron una resolución más que este el definitivo punto final, que viniste a poner sin avisarme, sin darme si quiera una explicación, dejándome solo con la angustia, con la sorpresa y la incógnita de una muerte que sin anunciarse vino a demostrarme que las cosas podían ser aun peores, y nos es que la muerte en sí misma sea lo que me preocupa, ni siquiera la mía propia, es que antes de irte, creo, que debiste decirme algo, llamar, hacer reproches o quizá dar una inocente muestra de gratitud por los despojos de los que siempre fuimos víctimas en nuestra distorsionada relación.

Pero si ¡seré absurdo!, las palabras no son lo único que tenemos para comunicarnos, hay actos que ocurren a destiempo, consecuencias que se dejan ver después de inadvertidos los hechos, como siempre tu despedida lo pude notar mucho después de anunciada tu partida, atándome para siempre a tu recuerdo, dejando claro que aunque nunca podríamos estar juntos de nuevo, tampoco estaríamos separados por completo. Puede que esa sea la naturaleza del verdadero amor, una vinculo que se establece para siempre, aunque cuerpo y alma estén ausentes, pues siempre quedarán las huellas en el cuerpo, en la memoria, las consecuencias viles y el egoísmo de un instante cristalizado en lontananza de la felicidad. ¿Yo te ame? ¿Aun te amo? o ¿Te odio? ¿Qué es lo que realmente siento por ti?, nunca lo se, no lo supe, quizá nunca lo sabré del todo.

Te ame con pasión, con los dos tipos de pasión que conozco, la del dolor y la de la carne; te sigo amando, por la bella ilusión que el recuerdo de tu existencia hoy diluida me sigue provocando, por esa fe que aun sigo teniéndote; sí, también te odio, por ser pueril, haberte marchado así sin más dejando un drama que no se si podre soportar, te odio porque aunque me pensaste, no tuviste el valor para al final despedirte con todas sus palabras, pronunciar ese definitivo adiós al que tenia derecho, aunque sabes, que sin importar nada también te perdono y me perdono, nos perdonamos mutuamente, porque a pesar de todos los infortunios, desplantes y rabietas absurdas siempre nos perdonamos, siempre nos amamos, porque estoy seguro, quiero al menos creer en ello, también me amaste, con ese mismo amor enrevesado.

Pero el recuerdo no llenara tu ausencia, el escribirte más líneas es inútil, porque ya nada se puede hacer. Noviembre, tiene que ser Noviembre otra vez, el tiempo es despiadado, llevo meses intentado escribir esto y no había reunido el valor, la inspiración o el coraje, pero tenia que ser ahora, hoy justamente que estuviste acompañándome por esos recorridos que hicimos juntos, en esos andenes subterráneos, en las estaciones infames o en los vagones olvidados. Recordé el viaje juntos, recargado en tu regazo mirando la carretera por la ventana, recordé el café americano, el pastel de zarzamora y queso que compartimos en aquella cafetería en el centro de esa cuidad mágica, recordé la fotografía en la fuente, tu sonrisa desenfadada y el plan hermoso de una casa con muchas ventanas porque yo era luz y tu oscuridad, así lo dijiste inadvertidamente, sin saber que el futuro volvería realidad las palabras.

Pero el futuro era lejano entonces, pero siempre termina por alcanzarnos, creo que podría escribir de ti toda la vida, porque fuiste y serás siempre parte indisoluble de mi existencia, por lo que fue y lo que aun sigue siendo, nunca nos cansamos del nosotros, pues aunque diluido siempre estuvo presente en ambos, descansa en paz, té que te me haz adelantado, yo seguiré el camino hasta donde me sea permitido llegar, que un día próximo o lejano, si algo existe en la insondable oscuridad, se que tendremos la oportunidad de arreglar todo lo pendiente entre los dos, pero mientras ese día llega ten fe si acaso te es permitido, que este Amor condusse noi ad una morte, seguirá estando vivo, y no hay prueba más grande de ello, que la pasión del sacrificio de la vida misma… te amo.





Ignatius uno más que muerde el polvo

jueves, 2 de abril de 2009

Tu nombre


Hay palabras que no se olvidan aunque los nombres de los que las pronunciaron nunca los recuerdes, pero también hay nombres que sin importar lo que hayan dicho o no, nunca se podrán olvidar.

La memoria funciona de una forma extraña, no se pude hablar de razones al entrar en sus terrenos, placer, dolor, felicidad y tiempos aciagos, puedes encontrar de todo, menos el deseo, pues cosas que quisieras olvidar siempre estarán presentes, así como aquello que con el mayor de los anhelos intentar revivir, nunca vuelve, queda atrapado, sellado en el mar del olvido, que es la condena máxima, la inexistencia absoluta.

Será cierto que vivimos de recuerdos, que el presente inmediato del hoy es solo una falacia que en el mismo instante se convierte en pasado que nunca podrá volver que no revive, como la palabra que acabo de omitir, de olvidar, esa que probablemente salvaría éstas líneas inconexas e influenciadas por un sentimiento de melancolía extraña.

Olvidar y recordar, es el dilema, la paradoja, en la que la elección aunque nuestra, nunca podemos determinar el porqué de la decisión. EL mismo nombre taladrando mi cabeza desde hace ya tres años, el nombre sólo el nombre y de vez en cuando, algunas sensaciones que reviven en mi piel, pero ya no hay detalles, ya no hay palabras, ni siquiera el cuerpo o el rostro, es sólo un sombra ahí dando vueltas, apareciendo intermitentemente entre el café, el viaje en el metro, el momento en mi cama antes de conciliar el sueño, como el tigre que fija sus ojos en la inadvertida presa que pronto dejará de existir.

¿Seré yo esa presa, dejaré de existir cuando la sombra termine por consumirme? Ni el olvido ni el recuerdo son la clave, ya he intentado ambas, olvidar a fuerza de la imposibilidad, recordar fragmentos inconexos que no me dan respuestas que justifiquen la obsesión.

Memorias y choques de intereses: “los hombres se recuerdan por sus acciones”, porqué seré recordado, qué he hecho para existir en la memoria de la otredad. Debería realmente preocuparme por eso, él se preocupara de sus recuerdos, una llamada intermitente, noticias fugaces que no me dicen nada más que sigues vivo, de que me sirve eso, sin en la ausencia y la lejanía siempre me acompañas, cuando a pesar de todo, sigues aquí, vigía de mis pensamientos, de mis encuentros encuentros furtivos que terminan en desafortunados desencuentros que saboreas dulcemente mientras yo me retuerzo en la incógnita de justificaciones que nada tengan que ver contigo.

Ya no tengo nada, tu nombre es lo único que me queda, un garfio hondamente clavada en medio de la frente que cada vez que lo pronuncio u oigo vibra y se encaja más y más.

Qué razón será, cuáles los porqués, cuáles lo motivos… sólo sé que hay palabras que no se olvidan aunque los nombres de los que las pronunciaron nunca los recuerdes, pero que también hay nombres que sin importar lo que hayan dicho o no, nunca se podrán olvidar.




Ignatius en lontananza

domingo, 8 de marzo de 2009

Historia de vida

Lo llevo en mí como un remordimiento,
pecado ajeno y sueño misterioso
y lo arrullo y lo duermo
y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.

X.V. Nocturno Mar

Menos de la mitad de las veces, me comprendo menos de las mitad de lo que quisiera, y más de la mitad de las veces un poco más de la mitad de lo que debería. Escribir sobre mi mismo, no me resulta sencillo, es un trabajo que requiere de una ardua introspección, se que el desdoblamiento interior es uno de mis peores vicios, pero plasmarlo en papel no es sencillo, más aún, cuando muchas emociones se encuentran entre sí, opuestas, confusas, sin mucho sentido.

Veintidós años llevo caminando entre las calles de esta cuidad, de los cuales he olvidado muchos de los detalles, muchas de las vivencias, mi memoria nunca se ha caracterizado por ser de las mejores que conozca, pero qué puedo hacer. De mi infancia no creo que pueda contar mucho, se que existió puesto que hoy estoy aquí, si fue buena, mala, feliz o dramática no lo recuerdo, quizá algún día el diván me ayude a descubrirlo, pero mientras eso ocurre baste con saber que existió. Conciencia de mi mismo, es decir, la capacidad de percibirme tal y como soy, puede decirse que la tengo a partir de mi adolescencia, de los quince años para ser exactos, el tiempo de la vocacional, aquél que hoy miro en lontananza, como el punto de una fractura, la de un antes que no puedo recordar y un después que ha sido interesante descubrir.

En aquella época pase de la fantasía de los súper héroes japoneses al mundo de los que entiende con una mirada, de los relatos de superación personal moralistas de Cuauhtémoc Sánchez al sutil homoerotismo de Oscar Wilde, deje de ver en mi compañero de clases, al amigo cómplice de travesías, para ver en él al amante ideal del amor griego, el adonis perfecto al que le escribiría cartas que tiempo después entregaría sin recibir respuesta.

El punto es, que desde entonces me reconozco tal y como soy ahora, no puedo decir que sin dramas, porque los he tenido y muchos, dramas relacionados a complicaciones pseudo filosóficas con etiquetas absurdas y amores extraños, en fin… nada que no se halla escuchado antes; el cliché de la infinita pregunta ontológica ¿Quién soy, o quién debo ser?, niño bien, chacal, oso, lether, o cualquiera otro estereotipo excéntrico que ayude a refirmar cierto tipo de identidad. Es que la identidad es lo más preciado que poseemos, nos da vida, nos hace reconocibles para otros y ante nosotros mismos, debemos de pertenecer a algún sitio, debemos de ser alguien sin importar qué, pues de lo contrario somos nada, invisibles, figuras desdibujadas que nadie toma en cuenta.

He de confesar que durante un tiempo, me sentía así, inexistente, como si en aguas de tritones me fuera imposible nadar. Imaginaba cosas absurdas, pensaba que algún día un fastuoso personaje de mis libros saldría de entre esas páginas para acompañarme de por vida, pero la realidad es aplastante, un día el propio deseo te lleva ha descubrir el camino y la verdad. Descubres a los otros, a tus similares, aquellos que como tú, saben del amor que no se atreve a decir su nombre -frase trasnochada, pero no por ello menos hermosa- conoces a aquellos que saben del amor de hombre, aquellos que desvían la mirada a un buen paquete en lugar de a un par de tetas, esos que se muerden los labios en el metro, a los que en la mirada se les escapa un cierto brillo inconfundible, un olor, un algo que los pone en evidencia; y entonces sólo entonces te das cuenta de que como tu hay más, cientos, miles, en todos lugares, en la escuela, en la calle caminando, en el café, en la tienda, en la misma cuadra incluso.

El despertar de aquel entonces me trajo esperanza, que luego se convirtió en espanto, pues en mi desesperación me descubrí más ajeno aún, la simple idea de hablar con alguien de ellos me aterraba, pero al mismo tiempo me resultaba tentadora, sin embargo no sabia qué hacer, qué decir, cómo actuar.

Pero el tiempo, rostros hoy olvidados, hermosas coincidencias y un poco de suerte, me llevaron de la mano para descubrir que mis temores, eran sólo parte de una fantasía absurda que no se donde forme. La vida es la misma te gusten los hombres o no, los amores son complicados y el dolor se vive de la misma forma.

En este tiempo, en estos siete años, he desmentido mitos, he creado realidades, he descubierto verdades y engaños; me di cuenta que ninguna boca sabe igual, que las caricias pueden caer sin sentido, que frases sutiles pueden ser artimañas peligrosas y que el cuerpo de un hombre desnudo es la prueba más genuina que tengo de la belleza y la divinidad.

Soy Ignacio, para algunos Ignatius, muerde polvo incansable para otros, en comunión con mi fe, mi amor, mi esperanza y la poca o mucha inocencia que me quede. Hombre al que le gustan lo hombres y lo disfruta, trasgresor de géneros, amante de la poesía, satisfecho con la vida, en ocasiones molesto, pero siempre preocupado de vivirla. Fanático del contacto, del café y los cigarros, creyente asiduo de la conversa y el intercambio de ideas, desmenuzador de identidades. Cuya mayor incógnita es la mirada, esa mirada que me devuelven ciertos ojos, que me trastoca y trastorna el alma, al que se le escapan suspiros y desvelos en la espera de ese cuerpo, esas manos, esos labios, ese existir que traiga preguntas, que de respuestas, en espera de él, que despierte deseo, duda, temor y enojo, ese que sea mortal como cualquier otro, capaz de entregarse y recibir esta existencia para nadar sin restricciones en el nocturno mar, no amargo, sí indolente.




Ignatius introspectivo

domingo, 1 de marzo de 2009

Hartazgo


Los días son los mismos, nada nuevo, nada sorprendente, pasan cada uno, cual gotas cayendo del grifo, uno, otro, otro, así hasta convertirse en trescientos sesenta y cinco para completar el ciclo y oxidar un poco más el alma.

Qué puedo pensar, tres meses ya han pasado, rápido lento, quién sabe, no lo se definir, pero todo sigue igual, no, igual no, ahora no tengo mucho por hacer y mis intentos por mantenerme ocupado han sido un completo fracaso.

Algunas veces he logrado sentirte vivo, un poco en contacto con el mundo, con la otredad, pero la mayoría del tiempo la he pasado aquí, en estas cuatro paredes, a la expectativa de noticias que puedan al menos, hacerme sentir un poco más vivo, más real, más humano, pero nada, todo sigue… no pasa nada.

Especialmente hoy, desde el amanecer parece que he sido invisible, con este humor desgraciado que me irrita por cualquier cosa, no he encontrado nada productivo que me anime a sonreír sinceramente, todo es sarcasmo pueril, comentarios viperinos y un enojo contenido quién sabe a cuentas de qué.

Y yo que creí que todo iría mejor, que las cosas serían más interesantes y afortunadas, que la gran perra de la vida me llevaría hacia arriba, que esa huevona rueda se volvería hacia mi con buenas intenciones, pero la desgraciada se empeña en tenerme abajo, sin señas siquiera de empezar el ascenso.

Necesito vacaciones, vacaciones de mi mismo, un desprendimiento profundo que me obligue a cuestionar de nuevo mi existencia, la utilidad de mi vida y el propósito escondido por el que debo luchar, que absurdo es todo esto, la vida me resulta tan aburrida, tan común, los mismo lugares, rostros conocidos que no cambian en nada, los mismo pensamientos deformados y la misma inquietud de siempre.

El café no me sabe igual, el humo ha dejado de serme útil, la conversa se vuelve monótona y repetitiva, el contacto de tanta profundidad ha caducado por seguir aferrándose a arquetipos que se han sobre analizado.

Quizá deba esperar un poco, a que el teléfono suene, a que en la bandeja de entrada halle un nuevo mensaje con esas palabras que aunque no este seguro, me encantaría leer, escuchar o al menos fingir que existen, para llenar un poco el vacio, para tener algo más o menos real o actuado porque preocuparme y ocuparme.

Ya no se ni lo que digo, ya no se ni lo que quiero, es esto el hartazgo, la misma visión todos los días, la misma indefinición, las mismas vicisitudes y el mismo tiempo, congelado, absurdo, repetido, mil veces conocido, mil veces vivido, en la ausencia de evolución, sólo queda el letargo de mis sentidos y una muerte falsa que no termina de consumirse…







Ignatius fastidiado